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Nueve semanas y media - abuso disfrazado de erotismo

Estoy cansada de que me hagan comulgar con ruedas de molino. De que me vendan como nuevo y transgresor lo que se ha hecho siempre, con distintos nombres: maltratar a las mujeres. Matrimonios infantiles, violencia "doméstica", ablaciones, trabajo no remunerado, violaciones, ácido en el rostro, hipersexualización, prostitución, hospitales psiquiátricos y tortura institucional, y mil cosas más. Todas se han defendido como algo neutro e incluso positivo para las mujeres (les da estabilidad, les enseña, las purifica, las cuida, las guarda, "es lo que hay"). No pocas veces se ha considerado incluso progresista esta violencia sencillamente porque era un nuevo tipo de la misma, o porque las demás opciones se iban extinguiendo y había que maquillar alguna de las que quedaban para que no se erradicase. Al fin y al cabo, es más avanzado que te metan en un hospital a que te hagan un exorcismo o una lobotomía, aunque la razón de fondo sea la misma: que no haces lo que una mujer "debe" hacer.


¿Cuál es la "nueva" forma de maltrato a la que me voy a referir en este artículo? Pues ni más ni menos que el BDSM (las siglas de bondage, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo) -por favor, no me canceléis ya y leed el artículo antes de acusarme de kink-shaming.


El BDSM -y variantes del mismo- lleva existiendo mucho tiempo. Desde, al menos, el Marqués de Sade (1740-1814), aunque me imagino que ya había hombres que tiempo atrás que se excitaban agrediendo a las mujeres de los pueblos enemigos, por ejemplo. O sea que nuevo no es. Pero sí está ahora revestido de un glamour que antes no tenía, y se ha popularizado tanto su estética como las prácticas que comprende, por ejemplo, la asfixia erótica o los azotes (lo problemático de la asociación de un castigo infantil con la sexualidad adulta nadie parece verlo, o hablarlo en público).

Escena de la película "Nueve semanas y media" en la que aparece Kim Basinger con los ojos vendados y Mickey Rourke en segundo plano
Escena de la película "Nueve semanas y media" protagonizada por Kim Basinger y Mickey Rourke

Estaba (y estoy) abierta a ver mi error, a cuestionar mi escepticismo acerca del BDSM. Entiendo que, muchas veces, aquello rechazado por la sociedad es simplemente incomprendido. Pero cada vez que lo he hecho, ha salido reforzado mi pensamiento original: que esto de novedoso y transgresor (para bien) tiene poco. Por autocuidado me he mantenido alejada de los clásicos de la erótica sadomasoquista porque sé de sobra que Sade era un misógino de manual. Pero pensaba que, ya que el BDSM se anuncia como una práctica liberadora para todo el mundo, otras personas más modernas habrían limpiado sus obras del odio hacia las mujeres. Ahora creo que eso en la sociedad actual es imposible, y que probablemente ejercer violencia de una parte dominante a otra sumisa, independientemente del sexo y del género de cada una, es incompatible con el feminismo.


Sin embargo, como digo, no me cierro a cuestionarme. Por eso, cuando me encontré con el libro Nueve semanas y media gratis me lo llevé a casa. Es un libro incluido en la colección erótica La sonrisa vertical, pero eso, como ya he averiguado en pesquisas anteriores, no es garantía de erotismo de calidad para las mujeres (erotismo que no te haga querer estar en sequía sexual hasta nuevo aviso). Pensaba que igual no había leído "el libro correcto" para entender o hacerle justicia al BDSM. Os puedo decir que los libros que había leído antes y que ya me habían convencido de que el BDSM y el feminismo son incompatibles, eran notablemente más ligeros en violencia que este. Pero vamos al lío.


Empecemos con un resumen: el libro trata sobre la historia real de una mujer (la autora, Elizabeth McNeill, que en realidad se llamaba Ingeborg Day) que conoce a un hombre misterioso con el que acaba teniendo una aventura sexual estable durante nueve semanas y media, de ahí el nombre. La trama es así de simple, porque en realidad el atractivo del libro es el sexo que en se describe, aunque por supuesto podemos leer más allá y aventurar que el libro explora el borrado de los límites y la despersonalización. Pero vamos a meternos de lleno en el sexo.


El primer encuentro sexual ya apunta maneras. Tras tener sexo, el hombre le pega un bofetón a la protagonista sin aviso previo, ni consentimiento, ni nada de nada. Le pega porque él quiere, pero está todo bien porque a posteriori se aclara que a ella le excita. Si me preguntas a mí, eso es irrelevante. Él tomó la decisión de pegarle, y le daba igual que a ella le gustara o no. El consentimiento o placer retroactivo no vale. Y eso haciendo un análisis que solo tenga en cuenta el consentimiento, y no el deseo ni la socialización de género y el contexto social que condiciona qué nos excita.


Tras este primer encuentro, ella se vuelve "adicta" a este hombre y al placer que le da. O, en mi opinión, se vuelve dependiente. Si analizamos los encuentros sexuales (y no sexuales) que se describen en esta historia, veremos una relación de maltrato que, como en prácticamente toda relación de maltrato, deriva en la dependencia de ella hacia él. La relación de abuso es de libro: él le manda flores al trabajo, la encandila y trata como a una princesa en muchos aspectos, pero espera su devoción cuando él la desea y la trata (literalmente) como a un perro cuando le conviene. Quien tiene la última palabra sobre la dignidad de ella es él.


El discurso del "amor adictivo" es viejo, pero se ha cambiado ligeramente para encajar en el nuevo pensamiento romántico, donde el feminismo ha conseguido que ciertas ideas no sean tolerables. Gracias al feminismo, es menos frecuente que se romantice la dependencia física y/o tangible (como la dependencia económica). Pero, a pesar del feminismo, la dependencia psicológica y romántica sigue a la orden del día, y en cuanto una rasca un poco en la superficie del BDSM, se observan dinámicas de este tipo: necesidad constante de validación, necesidad de guía o figura de poder, castigo ante un comportamiento "inadecuado"... la lista sigue.


En el caso de Nueve semanas y media, los componentes tóxicos de la relación no tratan de una desigualdad económica, sino que son más sutiles. Sin embargo, traslucen por la severidad de la violencia que relata McNeill/Day. Como he mencionado, casi toda la historia trata sobre los encuentros sexuales entre los protagonistas -posiblemente el morbo que suscitan fuese el gran punto de venta de la historia en los 80-. Durante estos encuentros, el hombre amenaza a la mujer con dejarla y/o castigarla si ella no consiente a lo que él quiere hacer. Ya sé que el castigo forma parte de las prácticas BDSM, sin embargo, en este caso ella claramente teme ese castigo y no lo considera tanto un juego como algo a tolerar para conseguir el fin último: el orgasmo. Es realmente triste la realidad que evidencia, a veces de manera explícita, este libro: las mujeres estamos tan acostumbradas a ser invisibles y a que se nos pase por encima, que estamos dispuestas a aguantar el abuso para conseguir un pobre orgasmo. Queda claro que ella piensa que el trato que recibe debe ser netamente positivo, ya que le hace correrse cada vez que tienen sexo. No tiene en cuenta (como muchas otras personas antes que ella) que la excitación física y la mental no tienen por qué ir de la mano, y que el erotismo y la satisfacción sexual contienen, pero no se limitan, al orgasmo y el placer físico. Y que el abuso, adornado con placer o no, tiene consecuencias psicológicas que son difíciles de evaluar hasta que ha pasado un tiempo.

Portada del libro "Nueve semanas y media" de Elizabeth McNeill, ganador del premio "La sonrisa vertical"
Portada de "Nueve semanas y media"

Esos castigos son, además, brutales. Se trata de humillaciones y agresiones, de moldear a base de torturas su consentimiento a gusto del hombre, de borrarla. Ha habido ocasiones en las que he tenido que saltarme páginas del libro por el malestar que me generaba leer esas supuestas "prácticas sexuales" que se leían más bien como prácticas de tortura. Poco a poco, su voluntad desaparece y vive entre el placer y el miedo. Poco a poco, el misterioso hombre la va llevando hasta extremos en los que ella ya no se siente segura, pero como está condicionada a través del miedo, no se atreve realmente a oponerse. Su dependencia es tal, que concede ante todo lo que él exige.


Durante toda la historia ella parece feliz en esa relación de abuso. Parece que le aporta, que le vale con los orgasmos. Sin embargo, en el capítulo final, la máscara se cae. Repentinamente, ella empieza a llorar desconsoladamente. Él amenaza con dejarla pero ella sencillamente no puede parar de llorar. En otras palabras, el trauma aflora, y es tan grande que es imposible de esconder. Finalmente, ella acaba marchándose y recuperando el control de su vida.


A pesar de este final esperanzador, no puedo evitar pensar que no es un libro feminista. La violencia relatada en estas páginas no queda condenada ni siquiera al final. Y aunque lo hiciera, la crudeza de la historia hace que sea complicado leerla si tienes algún respeto por las mujeres, cosa que el final no compensa. En definitiva, la violencia hacia las mujeres, consentida o no, nunca será transgresora ni revolucionaria. Que esta se narre en una obra reconocida no la hace menos condenable.


Aun así, lo que más triste me puso tras leer el libro no fue la historia y el final en sí, sino los comentarios que vi en Goodreads de otras mujeres que habían leído el libro. Había quienes defendían lo mismo que yo, pero la mayoría de las mujeres alababan el libro y deseaban una relación igual. Una relación que les "hiciera perder la cabeza", con un hombre que tomara el mando, que las pegara y humillara porque, y esto el libro lo refleja muy bien, parece que así es como debe ser un galán. Un hombre que hace lo que quiere y trata mal a su pareja, pero que sabe disfrazarlo para que parezca que lo hace por ella. Que hace que parezca que ella es libre de elegir el abuso. Más paternalista no se puede ser. Más patriarcal, tampoco.

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