Buscar
  • lipsclementine

Zorras o la revolución truncada

Este libro llevaba en mi lista bastante tiempo. Para cualquiera que escriba erótica o esté de alguna manera en el mundillo, es casi una lectura obligada. Recuerdo que el eslógan para publicitar la trilogía de Zorras, Malas y Libres de Noemí Casquet (o Mamá Casquet) fue algo así como "no necesitamos a un millonario para salvarnos". Nos prometía una erótica diferente, alejada de los tópicos de las novelas eróticas BDSM tipo 50 sombras de Grey. La autora nos recuerda una y otra vez en esta novela que ese es su objetivo, pero desde mi punto de vista, no ha virado tan lejos de ellas como parece que le hubiese gustado.


No os voy a mentir: Zorras es mejor que 50 sombras de Grey; menos tóxico. Si me obligasen a darle uno de los dos a una mujer no tendría ninguna duda de cuál le daría. Pero eso no lo hace bueno.


Estilo

Empecemos, como siempre, por lo básico. ¿Qué tal está Zorras en sí? Pues... no sé si el estilo es peor que el contenido o vice versa. El estilo de Casquet es singular, sin duda, pero se hace cansino. Escribe con frases increíblemente cortas: desde una palabra, a construcciones con poco más que sujeto, verbo y predicado, e incluso a veces con sujeto y predicado... pero sin verbo. No quiero sonar cruel (lo juro) pero parece que el libro (por su estructura, no por su contenido) lo podría haber escrito alguien que ha dado las primeras clases de sintaxsis y poco más. Os pongo un ejemplo:


Arqueo mi espalda. Elevo mi mirada. Cierro los ojos. La energía me sube por los pies, las piernas, el coño, el estómago, el pecho, los hombros, el cuello, los labios, los ojos, la mente. Se dilata. Mis brazos dibujan olas en el espacio. Soy como esa diosa hindú, Kali, con muchos brazos. Estoy conectada con la Madre Tierra, con el tiempo. El pulso de la música electrónica se fusiona con mi latido. Follo con el sonido. No puedo dejar de sonreír. Las células están celebrando, bailando, amando, fluyendo. Mi cuerpo se mueve a su antojo. Yo solo observo desde la distancia de mi alma.

Cuando pienso en el estilo, lo que me viene es "seco". Es tajante, cortante, y no de una manera positiva, a mi parecer. Contrasta demasiado con aquello que pretende narrar: el sexo, la conexión entre amantes y amigas, la conexión de la protagonista consigo misma. Precisamente ese estilo bloquea la excitación: es descriptivo, pero no emocional, no me ha hecho sentir nada. Es clínico, no literario.

Eso sin contar con que en muchas ocasiones no se entiende lo que dice; las frases no tienen sentido o están vacías aunque pretenden ser profundas, lo cual lo reviste todo de un patetismo que incomoda.

En fin, en lo que respecta al estilo, no le saca demasiado a 50 sombras de Grey.


¿Cómo es el sexo en Zorras?

Como os podéis imaginar, si la narración es clínica, el sexo no podrá ser de otra manera. Y así es. El sexo en esta novela, desde los actos descritos hasta la forma de enfocarlo de las protagonistas es frío. No parece una forma de conectar con otras personas, ni siquiera con ellas mismas, aunque Noemí Casquet no para de intentar hacernos creer que sí. Esto ocurre tanto por el planteamiento filosófico de partida de las protagonistas (tal y como explico en el siguiente párrafo), como por que se nota a la legua que cada experiencia sexual es una oportunidad para Casquet de explicar un concepto o denunciar/alentar una situación concreta, lo cual corta bastante el rollo.



Mujer de pelo negro chupando un Chupa Chups sobre fondo rojo
Portada de Zorras

Las protagonistas persiguen experiencias como si eso las fuese a llenar. Tener una experiencia sexual concreta puede ser divertido, pero es improbable que te cambie la vida (al menos las prácticas que se describen en este libro). Las cosas que te cambian la vida en el sexo son mucho menos llamativas y mucho más difíciles de conseguir y plasmar: autoestima real, conexión con la pareja, vulnerabilidad, tiempo, etc. Pero como lo que las tres amigas persiguen son eso, experiencias, aquellas personas con las que consiguen tenerlas no son más que cuerpos. De nuevo, Casquet intenta convencernos de que no es así, pero las protagonistas nos dejan claro que para ellas lo importante son ellas mismas y las experiencias que puedan acumular y los demás son sustituibles.


En otras palabras, la sexualidad que viven estas mujeres está vacía y además, desde mi punto de vista, es herencia del modelo consumista y masculino de la sexualidad (cuerpo tras cuerpo tras cuerpo), que más que ayudarnos a descubrirnos nos está dejando con la sensación de que estamos más perdidas que antes cuando deberíamos estar más que satisfechas. Esto entra en conflicto directo con el feminismo porque no es una sexualidad que beneficie a las mujeres, sino que se trata de un modelo que copiamos de los hombres: ante la irresponsabilidad afectiva de ellos, nosotras optamos por el mismo estilo y así nos libramos del mal de amores, pero hacemos una sociedad más individualista y egocéntrica. Nos disparamos en nuestro propio pie fomentando una sociedad más desconectada, en lugar de exigirles a ellos que sepan tratar con otras personas.


Además de eso, el sexo de Zorras es conformista. Sí, Alicia y sus amigas tienen buenas experiencias, pero también tienen otras muy cutres que no son cuestionadas: son apuntadas en la novela y luego... dejadas pasar. Como si nada. No hay comunicación con los hombres que no saben follar, simplemente es, bueno, me conformo con esto y ya tendré una experiencia mejor en el futuro, o ya me correré yo sola más tarde. What?! ¡No! Tanto hablar de querer sexo guay, sexo satisfactorio, sexo revolucionario, y suspenden en lo más básico: la comunicación. Y ya ni hablemos de la repetitividad de las posturas para la penetración (a cuatro patas), de que Alicia siempre lubrica sin problema alguno... En fin. También hay cambios en positivo: se menta (que no erotiza) el uso de preservativos, Alicia se toca el clítoris durante la penetración, la masturbación femenina se aborda sin tapujos, etc.


También está el tema de que se normaliza el uso de pornografía cuando no se tiene ganas de imaginar. Esta será una opinión controvertida, pero esto me parece muy dañino. Ignorando todos los problemas que trae el porno, normalizar que la gente deje de usar la imaginación cuando se trata de sexualidad, que use un medio para excitarse donde se lo dan todo hecho, es muy problemático. Nos anula.


Y por último diré que hay muchos comentarios sobre bisexualidad pero ninguna experiencia lésbica y que hay un regusto raro en el libro cuando se mencionan estas cosas: parece que las mujeres son la segunda opción, algo que existe en el mundo de las posibilidades, pero no se concreta, no se busca.


El lenguaje en Zorras

El lenguaje que usa Noemí Casquet en Zorras para referirse al sexo es direccional. Eso ya dice mucho de cómo una persona piensa del sexo: no es algo que se hace (en equipo), sino que haces o te hacen. Te follan, eres follada o te follas a alguien. No follas con alguien. Los problemas de esta forma de pensarlo son evidentes. Alguien tiene que adoptar un rol activo y otro uno pasivo. No hay vinculación, no se construye algo conjunto. Da mucho más pie a usar a otras personas como medios para un fin, a objetificarlos. Me parece, sinceramente, triste ver el sexo así, sobre todo por parte de alguien que se dedica a estudiarlo y a divulgar sobre él.


Luego está el tema de que el libro se llame Zorras. Entiendo la idea de que se pretende quitarle el tono despectivo al término usándolo así, pero es imposible. Porque siguen usándolo para referirse al mismo grupo de siempre, al de mujeres que quieren tener sexo libremente y hacer prácticas que han estado vetadas a "mujeres respetables". Se refuerza así la dicotomía santa/puta porque implica reforzar la idea de que las mujeres que disfrutan libremente del sexo merecen un nombre aparte al de, simplemente, mujeres. Significa que seguimos siendo las raras. Por otro lado, que te adueñes del nombre y te lo pongas a ti misma para que no te haga daño, no significa que no se vaya a usar para hacerte la otredad, para insultarte, etc.


Portadas de Zorras Malas y Libres de Noemí Casquet
Portadas de la trilogía de Noemí Casquet

La irresponsabilidad de Zorras

Algunas personas dirán que la ficción es ficción y punto, pero la ficción crea posibilidades y normaliza situaciones. Es por eso que, aunque ninguna autora tiene la obligación de ser responsable con sus escritos, cuando lo que pretende es ser un ejemplo para sus lectoras, debería serlo. Y Noemí Casquet es de todo menos responsable con sus lectoras en Zorras.



En primer lugar, tenemos el uso de drogas. Sugerir el uso de drogas en experiencias sexuales ya es, cuanto menos, de moralidad dudosa. Tengamos en cuenta que muchas drogas no solo desinhiben, sino que también borran la barrera entre lo seguro y lo arriesgado. No es una buena idea mezclar drogas y sexo por la sencilla razón de que eso hace más probable que no veamos los peligros de, por ejemplo, tener sexo sin protección, realizar prácticas arriesgadas, o que nos saltemos límites psíquicos y físicos que no nos saltaríamos si estuviésemos sobrias y que luego pueden tener consecuencias en nuestra salud física o mental, aunque sea temporalmente. Si a eso le unes que las tres amigas consumen drogas simultáneamente (es decir, que no hay ninguna sobria que pueda cuidar de las demás) en un lugar desconocido (no hay vía de escape conocida) y rodeadas de extraños, las alarmas deberían estar resonando en cada rincón de nuestras cabezas. Pero se ve que a Casquet no le suenan. Ni os digo ya las alarmas que nos deberían sonar cuando quien les sugiere ir a ese lugar es un completo extraño, y que quien les da las drogas es un hombre desconocido (también drogado) que dice que "las va a proteger" (¿si ocurre algo serio, estará lo suficientemente sobrio como para ayudarlas?). Por último, cuando Alicia se lleva a Hugo, un completo desconocido, a su casa mientras está drogada y por lo tanto tiene menos capacidad de (re)acción también deberían saltarnos algunas alarmas.



Quiero citaros una frase del libro (con la que me entró la risa) para que veáis hasta qué punto Alicia parece desconectada de lo que implica el consumo de drogas.

Hacerle una mamada me empodera. Aquí estoy, drogada pero empoderada. Soy una zorra.

Lo de que hacer una mamada empodera es debatible: quizá podría argumentarse a favor si pensamos que tienes fácil acceso al pene y puedes morder si la cosa se tuerce... Pero bueno, lo más chocante de todo, para mí, es la afirmación de que estar drogada es compatible con empoderarse porque no lo es. Drogarse (con alucinógenos) implica una desconexión de la realidad que puede ser divertida para algunas, pero que no te da poder, sino que te lo quita. No puedes ver la realidad tal y como es, probablemente tu raciocinio esté mermado, tus alarmas también, y tu capacidad de reacción, también. Con lo cual empoderamiento y drogas son incompatibles en el tiempo. Y de la asociación de hacer mamadas con ser una zorra, pues en fin. La autora se retrata sola.


BDSM lleno de red flags

Quizá la parte más llamativamente nefasta del libro haya sido la relación BDSM que se establece entre la protagonista y un hombre que conoce por Tinder. Vayamos por partes.


En primer lugar, el BDSM (de las siglas bondage, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo) son prácticas que se han de realizar con personas en las que se confía plenamente. Construir confianza es difícil, construirla en dos citas con una persona random que conoces en Tinder es imposible, y lanzarte a ese tipo de relación en esas condiciones es inconsciente. Normalizar eso a través de un libro es irresponsable, y un riesgo para las mujeres que lo lean. Todo lo que leemos nos influye e impacta sobre lo que consideramos normal o no.


Y no solo eso, sino que el tío con el que acaba en esa relación BDSM y que Casquet nos pinta como un hombre gentil y responsable, tiene tantas red flags (banderas rojas) que da para escribir un ensayo sobre ellas. Pero hay una que me llamó especialmente la atención, y ocurre justo al principio, cuando los fundamentos de esa supuesta confianza entre los dos aun no están establecidos y cuando nos deberían saltar absolutamente todas las alarmas.


Este hombre tiene en su perfil de Tinder que es sumiso. No tiene puesto dominante ni switch, tiene puesto sumiso. Sin embargo, cuando se presentan en la primera cita él le dice a Alicia que "ya veremos quién domina a quién". ¿Perdón? Si yo me cruzo con esta situación en la vida real, lo que pienso es: este tío es dominante y sabe que si pone eso ninguna tía le va a hacer match porque no nos vamos a fiar de un tío random que nos quiere dominar. De hecho, este tío ha mentido (ha hecho publicidad engañosa, podríamos decir) probablemente para conseguir sexo, con lo cual la confianza... ¿dónde? A Alicia, sin embargo, todo le parece genial, no le salta ninguna alarma. Tampoco cuando habla de que a él lo que le gusta es dominar "energías" (por lo que se entiende en el libro, esto es una manera más elegante de decir que le gusta someter a personas). Cito:

Si tiene una energía que puedo dominar, voy a hacerlo.

¿Consentimiento? ¿Confianza? ¿Empatía? Yo no veo nada de esto aquí, en la primera cita. Si yo soy Alicia, salgo escopetada de ahí. Esto, normalizar este engaño "sutil", ese discurso que tiene unas frases bonitas y otras aberrantes, es de una irresponsabilidad brutal. Cuando leía el texto de este hombre, continuamente pensaba: es un maltratador en potencia. Y por eso digo que Noemí Casquet no se diferencia de 50 sombras de Grey tanto como le gustaría.


De hecho, este tío dice que él dominará a Alicia porque ella tiene una energía vulnerable en ese momento. Si está vulnerable lo último que necesita es acostarse con un hombre que le va a poner en una posición de mayor vulnerabilidad y que no conoce (por mucha palabra de seguridad que tengas, si la persona que te ha atado no te quiere desatar, no tiene por qué hacerlo, es un pacto de confianza que, repito, en esta relación es imposible). Es peligroso hacerle creer a las mujeres que un extraño va a tener la decencia de tratarlas bien simplemente porque sí (o porque está en el mundo BDSM) porque es improbable que sea así. Si las mujeres pudiésemos confiar en los extraños no estaríamos hablando de patriarcado. Si una mujer está en un estado emocional vulnerable lo último que debería hacer es acostarse con un extraño que está alardeando de su capacidad de dominar verbal- y físicamente a alguien porque no tendrá la fuerza emocional para reponerse tan fácilmente como si estuviese fuerte emocionalmente. De hecho, es también responsabilidad de la otra persona, la fuerte, frenar la situación por si acaso, para evitar situaciones que puedan dañar a su pareja. Un hombre decente, desde mi punto de vista, respetaría esa vulnerabilidad y daría marcha atrás hasta que considerase que su pareja estaba en igualdad de condiciones a él. Alguien emocionalmente vulnerable puede aceptar hacer cosas dolorosas como modo de autolesión o castigo y así revictimizarse o "flagelarse", añadiendo más daño emocional a aquel que ya acarree.


El instinto de Alicia le dice claramente que no se junte con este hombre, pero ella lo ignora, se obliga a confiar en un hombre cuando no solo el instinto, sino también la lógica, nos diría a todas que saliésemos corriendo de ahí. Esta no es la primera vez que ignora a su instinto: cuando toma drogas también le saltan a ella misma las alarmas, pero sigue adelante. Esto es algo que, para sorpresa de nadie, viene de nuestra socialización femenina: se ha tildado de "mágico" y poco racional hacer caso a nuestro instinto, pero si lo hiciéramos probablemente lograríamos evitar muchas situaciones (concretamente a muchos hombres) que suponen un peligro para nosotras, aunque esta no debería ser nuestra responsabilidad. Este patrón de Alicia y de muchas otras mujeres me recuerda mucho a aquello de que el "no" de las mujeres no vale, no se toma en serio. En lugar de escucharse, Alicia se empuja a ciertas situaciones y luego (¡oh, sorpresa!) las acaba disfrutando. En lugar de que un hombre presione (eso sería demasiado evidentemente machista), ha integrado el discurso y se presiona sola. Viva el empoderamiento.


Además de eso, él realiza prácticas que no han hablado con antelación sin avisar (como por ejemplo ahogarla) en momentos en los que ella no puede pensar con claridad (está cerca del orgasmo y sumida en el dolor), y él sigue a pesar de su llanto. También realiza prácticas extremas con su amiga Diana sin acordar una palabra de seguridad. Por otro lado, Alicia se contradice constantemente respecto a lo que le inspira su dolor físico, y eso sin tener en cuenta que el monólogo interno que tiene suena bastante a autolesión.


La falta de consentimiento ya aparece antes, en su primera experiencia sexual sin su ex, y se repite cuando, mientras realiza un trío, uno de los hombres con los que se acuesta la azota y le tira del pelo sin preguntar, normalizando:

1) no preguntar antes de hacer prácticas de ningún tipo, ya sea con gestos o con palabras.

2) prácticas violentas aprendidas de la pornografía que cada vez son más comunes, pero que implican introducir humillación o dolor en relaciones no BDSM, donde no se ha consensuado absolutamente nada. Es dar por hecho que las mujeres quieren realizar prácticas que pueden tener efectos nocivos sobre su cuerpo o su autoestima y que antes no eran normales o no se daban por hecho. Es teñir de violencia cualquier relación sexual, y aun por encima sin que haya que hablarlo.


En resumen, desde mi punto de vista, Zorras no es un libro feminista, por no decir que directamente es antagónico al feminismo en ciertas secciones, y es un libro tremendamente irresponsable que puede acabar normalizando situaciones peligrosas para las mujeres. Por si fuera poco, es un libro de baja calidad literaria (aunque se deja leer), además de repetitivo y algo incoherente. Y a pesar de todo esto, van a hacer una serie.

18 visualizaciones0 comentarios